www.thestories.net - nabrolquiscem - 'Nada más que la verdad'
Nada más que la verdad
Nada más que la Verdad
El nihilismo, la convicción e intuición acerca de la nada, posee en sus diferentes modalidades filosóficas, la revivificación de y en sus propias convicciones e intuiciones debido a que estas destruyéndose en los principios mismos que las fundamentan, vuelven incesantemente a regenerarse desde sí mismas cual entelequia de la convicción e intuición nihilistas. Esto último sucede porque el cumplimiento del proceso de revivificación que encierra la convicción e intuición de la nada, es un proceso cuyo fin se halla en la misma convicción e intuición. Por el contrario, si esto no fuera así, todas las concepciones nihilistas serían absolutamente inefables para el pensamiento y consecuentemente impensables al destruirse desde su inicio en la mera negación del ser.
En este punto se clausula preponderantemente esta concepción del nihilismo. Ya no hay necesidad alguna de contrariar espontánea o reflexivamente los previos intentos que genera toda intuición en el preciso momento de comunicarnos y luego convencernos acerca de la nada, mediante solapadas sugerencias. Y, desde aquí cualquier suposición en contra no podrá impedir la concepción metafísica de la falta del ser. Es, por ende, acertado tener siempre en cuenta toda mención nihilista si en su sentido se define como nada a “algo” cuyo principio lleva en sí su acción y fin propio sin depender de otros principios.
Sería una contradicción decir que la nada esta condicionada por el ser para – ser – nada; u otras ocurrencias por el estilo.
Toda la obra de la serie materialista del pensamiento se caracteriza por su desviación, con respecto a las señales de la intuición, hacia el posterior equívoco contradictorio entre los conceptos del ser y la nada. Luego este producto se hace público y cada persona que acceda a dicha obra tendrá a su vez su procedimiento analítico cuyo resultado dependerá de varias causas (psicológicas, intelectuales, físicas, etc.) pero siempre caerá en otras contradicciones y su concepción nihilista quedará reducida a una sinrazón, absurdo o cuanto mucho, a una huidiza sensación dentro de la cual subsistirá la parte que falta para resolver tanto la contradicción como la contrariedad que en este caso es lo mismo.
No consideran que el método analítico es en este asunto contraproducente para el saber. A la nada no se la puede dividir en el mayor número de partes para aislar sus dificultades y resolverlas una por una, separadamente. La nada no es un todo. ¿Qué encontraríamos, si así fuera, en cada una de sus partes, sean estas dificultades conceptuales o un inaccesible fisgoneo a imaginar sus contenidos?
Tomada como una idea o concepto, la nada ni siquiera posee subconceptos, es un significante sin significados.
Por otro lado, la única síntesis que puede aplicarse satisfactoriamente al concepto de la nada, es precisamente su intuición, porque si al concepto de la nada queremos predicarle algo adecuado, es solamente la propia intuición que podemos tener de ésta.
Entonces la nada es intuible. Y es el único juicio sintético a priori que ajusta adecuadamente a la negatividad del ser, es decir, la nada, sin que el juicio entre en pronta y franca contradicción filosófica.
El nombre “nada” no posee significado porque lo significado por tal nombre no pertenece al mundo de los nombres que sí significan algo, sino que pertenece a la mera intuición. En cambio, percibir en el ser realidades en cada uno de sus predicados significativos, es partir de su vaga noción siguiéndola sistemática y analíticamente hasta componer una aprehensión del ser en toda su realidad sintética. En este sentido, por ejemplo, un cuerpo es el amplio término de la continuidad de los demás cuerpos, de su ser espacio y de su ser tiempo, atributos estos que constituyen a su vez, en dicho primer cuerpo, a su síntesis existencial. Pero, en lo concerniente a la nada, esta idea sufre una irracionalidad que únicamente puede expresarse de modo contradictorio.
No puede implicar en el concepto de tiempo, un debatir entre nada y el ser ya que el pensamiento entra necesariamente en contradicción. En efecto, el tiempo es un práctico cambio de estado y relación entre los entes y esto es inadmisible para lo que podamos intuir acerca de la nada. Sin embargo, es habitual en ciertos pensadores poco experimentados en el asunto creer en una relación en una “relación” entre la nada y el ser. Pero el concepto de tiempo, su valor como tal, solo puede estimarse concibiéndolo como una recíproca adjetivación entre los entes y esa es la función real del tiempo como ente tal que pueda estimarse su virtud conceptual adoptada por su identidad entre las relaciones ontológicas.
Luego surge de esto una sucesión psicológica (en nosotros) donde su orden cronológico es desarrollado y significado por procesos determinados en la razón. De aquí que todo intento por explicar el ser del tiempo recaiga en un acertado pero vacío nominalismo; el tiempo es el nombre de una relación universal entre los entes y sólo puede concebirse en abstracto en las operaciones matemáticas para medir fenómenos.
El futuro, significa para todas las cosas pensadas y actuales, un mero signo que aparece en la confiabilidad del sujeto al concebir probabilidades de continuación de dicha relación ontológica, como decir: “la potencia de una probable relación posterior al presente”. En este sentido surge una verdad conceptual, porque la misma formula aquello a lo que la relación se supone que tiende cuando hay un origen del futuro representado de algún modo (signos estadísticos) en el presente. Aquí también, como es de esperar, el concepto de nada entra en contradicción, porque se busca en el fondo de la propia intuición de la nada la cuestión de su temporalidad o, dicho de otro modo, de su sucesivilidad, cosa absurda ya que la nada es radicalmente indiferente a todo.
Creer en un “tiempo antes de la existencia del universo” o, de “la creación de la existencia” y “luego de su destrucción y de su posterior nada (aniquilación)”, es un error. No es aplicable a la nada la idea de que esta prodigue existir alguno, ni ningún tipo de fenómenos metafísicos que la considere como la autora o el principio del universo de los entes. Sin embargo, esto ocurre porque nuestra vida intelectiva está definida por un instinto materialista que busca epistemológicamente fundamentos desde la inmaterialidad hacia una liberación absoluta de lo material. Esta ilusión es obra de la Naturaleza para ejercer sobre nosotros un impulso creativo que, en pos de las dependencias de las necesidades naturales, nos esforcemos por evolucionar asimilando en nuestro ser – humanidad una impersonal voluntad ubicua e imperativa.
La nada sería entonces en este punto crucial, una especial expresión de la voluntad de la Naturaleza (es decir, la Voluntad de todas las voluntades) que subliminalmente contraría la misma existencia del individuo o de la voluntad individual haciéndole intuir la nada para que éste resienta en su ser la concepción irresistible de un significante intrínsecamente opuesto al mayor valor apreciado, la existencia en sí – versus – la caducidad de la vida, del ser de la muerte.
Para la naturaleza, hablar acerca de la nada representa cumplir con nuestro orgánico deber evolutivo clasificándolo en un proceso dialéctico, su identidad mediante los elementos de la lógica en relación solo conceptual con la nada. Dicho en otros términos, es la llamada de la Naturaleza al esfuerzo humano y sobrehumano por estudiarla en toda su imagen (apariencias) (incluyéndonos) y dimensión (repertorio de relaciones entre esas apariencias que concebimos por entes). Se ingresa así a lo fundamental del impulso por conocer sin vacilar en sus diversas apetencias intelectuales.
La naturaleza sustituye en nosotros su presencia directa por el error como símbolo de sus formas aparentes. Esto explica por qué tenemos la imperiosa necesidad del texto en todas sus formas; dado que el único camino hacia la Verdad, la única representación universal accesible de la Verdad, es la expresión simbólica que utilizamos (cuando pensamos, escribimos, hablamos, etc.) para al menos esquematizarla paradigmáticamente. Símbolos tales como: emociones, pensamientos, sensaciones, percepciones, números, palabras, etc., existen en nuestro ser intelectual para producir un trato tímido con lo absoluto, (siempre conforme a la intuición) que de modo directo resultaría imposible a nuestras capacidades.
Entonces la “otridad” de la Verdad absoluta (su apariencia) es su relatividad simbólica como representación universal de la totalidad de sus seres; estos sen en definitiva apariencias que se relacionan, el conjunto omnímodo de relaciones y apariencias “simbolizan” a la Verdad desde sí misma hacia sí misma. En estos aspectos de la Verdad, nuestro intelecto solo puede con ellos (los símbolos, apariencias, relaciones) pretender, así, sostener su utilización indirecta desarrollándose en razón de una parsimoniosa traducción mediante el menudo mundo de los símbolos, de lo contrario, aquello que entendemos (la inteligencia misma y sus actos) se tornaría franca y abismalmente ininteligible porque es evidente que no formaría, en el propio cambio que generan sus actos intelectivos tanto en sí como fuera de sí, símbolos comprensibles o inteligibles y se derramaría amorfo en la locura del completo indeterminismo con respecto a las operaciones lógicas del símbolo.
Refiriéndonos entonces a la inteligencia, puede afirmarse que sus actos son perfectos (en el amplio sentido de la palabra perfección) si el amor a la verdad mueve las intensiones que las guían hacia el saber. El Saber y la Verdad es una y la misma cosa. Ergo, todo aquel que se limite a conocer mentiras, o a moverse intelectualmente sobre la falsedad, o a mantenerse en el error incluso estando conciente de ello; “es un ignorante”.
La Verdad y el Saber son la misma cosa.
He aquí el fundamento filosófico del saber (o fundamento de toda Filosofía) proceder de la idea de la verdad (precaria y sospechosa) e ir hacia la Verdad en sí. Pero la libido, ese entrometimiento ineludible de los instintos primarios, distorsiona toda la creación intelectiva que busca la verdad y, sin embargo, a su vez es el señuelo categórico, el impulso motor que da sentido indirecto a esta búsqueda de la verdad.
La inteligencia pura en cuanto tal (no en sentido religioso sino filosófico) es naturalmente libidinosa y nihilista simultáneamente. Es decir, en la libido están escritos los símbolos equivalentes a la verdad, esto no significa que en aquella resida ésta, sino que allí, en la libido, están los impulsos primarios codificados de tal manera por la Naturaleza para energizar dicha búsqueda de la verdad. Por otro lado la inteligencia es naturalmente nihilista como oposición o impulso opuesto al de la libido que siempre tiende hacia los seres, en cambio, su impulso opuesto, el nihilismo, siempre tiende a su contrario, hacia el no – ser, como forma de manifestar en el propio intelecto la falta de cosas que la libido perseguirá para obtener, pero eso a lo que tiende es en el fondo la verdad.
“La propia verdad se halla en la síntesis contenida en la unidad del saber todo”.
Al contrario que la nada, de la cual su única síntesis posible es la intuición, los objetos del saber componen un todo y mediante sus relaciones intelectivas conforman a la verdad. La inteligencia libidinosa y la nihilista son simultáneas por reciprocidad en cuanto se confunden omnímodamente en sus actos.
Inteligir la nada y el ser significa de hecho el propio acto del pensamiento en su búsqueda del entendimiento, (reflexiónese y compruébese lo dicho). Luego, todas las apariencias percibidas de la realidad, son unificaciones de la trascendental unidad del entendimiento absoluto. Esto significa que la trascendental unidad del entendimiento (trascendental porque está temporalmente más allá del propio entendimiento de dicha unidad que es el saber la verdad pletóricamente) se dirige hacia el saber absoluto de la Verdad, tomando las diversas apariencias que constituyen al universo en un sumatorio proceso que tiende hacia el conjunto de su totalidad, es decir, el saber de la Verdad, reuniendo indiscriminadamente sus apariencias universales en el Entendimiento último.
La mecánica de las apariencias producen, por así decirlo, un parcial entendimiento artificial, informándonos desde los sentidos, mientras vamos paulatinamente camino al Saber. Si bien los sentidos pertenecen o son atributos de la identidad del universo natural de esta mecánica; son los sentidos junto con la percepción y lo percibido, el fenómeno de reflexión de los fenómenos. Este reflejo es una negación de la realidad apariencial en cuanto tal y el creador de la conciencia como un fenómeno más entre los múltiples fenómenos, pero que implica la radical diferencia en que con los fenómenos concientes el universo toma conciencia de sí más allá de sus apariencias, de ahí la negación de éstas. Surge así la doble valoración de los actos inteligentes en la conciencia, la dualidad concibe el par opuesto: real – irreal, existente – inexistente, bien – mal, finito – infinito, etc. En este sentido, la nada y el ser son conceptos que corresponden a los estados de inconsciencia y conciencia, respectivamente, del universo.
La espiritualidad corresponde, axiológicamente hablando, a un pensamiento detallado entre y por los signos variables de la conciencia que presuntamente halla la posibilidad intelectiva de anticiparse a sí misma y de modo fiel (es decir, lo más concientemente posible) en la intuición del valor de la verdad; como valoración intuitiva. El resultado es un espíritu o, expresándome adecuadamente, la creación inconciente de un sujeto falso por otro psicológicamente verdadero que obra de este modo por la necesidad de una objetividad aprehendida. Necesidad generada por un simplificado reflejo de la Verdad y a su vez desarrollado mediante las experiencias ordinarias por la conciencia intelectiva, es decir, indirectamente movido el sujeto hacia la Verdad mediante la idea de un falso sujeto: el espíritu.
Las interpretaciones de las apariencias son el lenguaje de la conciencia. En la intercomunicación a través de un complejo sistema de símbolos las conciencias van ascendiendo el grado de su funcionalidad específicas en los múltiples reflejos del saber de cada y en cada sujeto, el fin es la unificación absoluta de esas especies de conciencias y saberes en uno solo y esencial, la Verdad.
Esta intercomunicación mantenida intersubjetivamente tiende gnoseológicamente hacia la Naturaleza. Es la propia fuerza intelectiva de la Naturaleza dirigida desde los microconocimientos hacia el macroconocimiento de sí (la Verdad, el Saber)
Con respecto al sujeto, las apariencias que éste percibe no son reales porque realidad que cree no percibir tampoco es real o no significa a la Verdad sino que es ésta el significante y la supuesta realidad y apariencias, su significado. Por ejemplo, ningún conocimiento acerca de la física es verdadero sino un significado parcial de lo Verdadero que se individualiza en una de las ciencias.
El significante (la Verdad) forma sus significados desde una suerte de metafísica dimensión. Por lo tanto, no se considera lógico contraponerse a las expresiones del significante (cualquier significado) ya que no tendría fiel significado nuestras experiencias intuitivas referentes a la Verdad. El problema de conocer asimismo al significante a través de sus impulsos significados en los fenómenos, radica en la cuestión preontológica del propio significante, es decir, conocer hasta saber la Verdad, más allá de la existencia de los significados (entes) de la Verdad.
La Verdad en sí misma es un significante no contextual tampoco textual, pero que proyecta entidades o significados en recíproca conexiones y definiciones contextuales. Por ende, el universo de las palabras está conformado por la intersignificación emanada del significante (la Verdad)
“Todas las palabras significan a todas las palabras”.
Y esto último no representa una tautología, sino que quiere decir que la Verdad engloba la totalidad de las palabras o significados, como el súmun semántico.
En este caso la palabra nada que “sólo existe como nombre” pero que designa una intuición, es especialmente la probabilidad de un enunciado vacío de significado que no forma en el logos discursivo (entre símbolos: palabras) una intrínseca contextualidad, sino que su probabilidad enunciatoria posee atisbos intuitivos extracontextuales.
La permanencia de las ideas ocurre cuando las palabras que la definen se enlazan dentro de un modelo formal que responde de acuerdo a los procesos que intermedian los significados para su contextualidad natural, y ésta se efectúa según la autoría del significante que, funciona como esencia de todo lo dado, es decir, del ser en general. En consecuencia, el modo de la contextualidad brinda un espacio intelectivo para las teorías; a su vez, éstas deben solucionar el o los problemas que impliquen contextualizarse tanto interna como externamente, es decir, entre las demás teorías de las diferentes disciplinas en cualquier campo del saber, de esto dependerá su refutación o perduración.
En la interacción contextual de las teorías se halla un lugar extenso para que nuestros sentidos experimenten estas teorías, se trata ni más ni menos que del campo empírico, el mundo que percibimos en común y el mundo que percibimos tecnológicamente.
La Verdad allí indica sus múltiples expresiones, conocerlas es teorizar certeramente sobre las mismas. Con el tiempo analizamos dichas teorías y advertimos de modo imaginario – reflexivo la relación respecto a la contextualidad de los significados bajo un criterio fenoménico.
El encuentro onto – lógico se da, cuando la idea forma su identidad con los objetos y simplemente lo metafísico de la Verdad, se nos escapa por la misma corriente de esta identificación, no damos con el significante, solo nos quedamos con el inestable significado. La síntesis de esa identidad significativa es la propiedad que forma al objeto y la suma de todas las propiedades que forman a los objetos contienen la inducción gestada por el significante.
El significante crea y clasifica por inducción a los diversos significados que proyecta en el mundo dado, como mundo dado. El proceso de clasificación es aquello que concebimos como el paso del tiempo, es decir, la historia. En este sentido, la historia del universo todo. La historia es fecunda y predominante por diversidad y significado respectivamente, e interesa al carácter de la cosa cósmica regida por la concepción del significante.
Las alteraciones e intercambios excesivos de los significados, es decir, la relatividad de éstos como conjunto, no interfiere en el aspecto de la realidad concebida como tal, sino que de continuo la restauran y los seres son dados a una aparente anarquía estructural, que no es otra cosa que su aspecto virtualmente azaroso como modo de creación de estructuras supercomplejas en la contextualizad.
El azar es complejidad, la complejidad es azar.
En cada una de estas complejas alteraciones e intercambios consecutivos y de aspecto tanto azaroso como sistémico, se halla un ejemplo empírico de la evolución manifestada en el mundo que nos rodea y que investigamos en busca de la verdad. Para esto es necesario la ardua tarea de disciplinar al lenguaje, “reformularlo”, transformarlo, etc., pudiendo expresar la complejidad reproduciendo una suerte de contextualizad azarosa en el mismo e incluso reproduciendo abundantemente otros tipos de reproducciones para que abunden: los problemas, las partículas que forman ideográficamente a cada signo, etc., pero todo ello sin escatimar en una lógica igualmente amplificada cuyo elementos indispensables más que intentar, constituyan el equilibrado desarrollo sosteniendo una estructura psicológica viable y en continuo crecimiento. En simples palabras, todo debe funcionar con suma compensación. Así la historia de la introspección de la Naturaleza obtendrá un número de abstracción suficiente como para alcanzar su auto – aprehensión. (Revelación).
La Naturaleza tiene por método fundamental guiar todas sus actividades hacia el estudio de la sabiduría universal con la idea de formar en su mundo físico contextual la auto – designación de su Verdad universal y filosófica. Nosotros conocemos mediante estos estudios pero desconocemos su orden infinito (su Verdad), por lo pronto, vamos por así decirlo, opinando sobre apariencias, vacilando entre dudas y certidumbres sin todavía poder alcanzar el grado máximo del saber “el Saber”; porque, no nos equivoquemos, no somos seres transnaturales, extranaturales, o ajena nuestra esencia a la de la Naturaleza, sino los propios impulsos de la misma y como tales estamos sujetos a las verdades inmanentes de su esencia universal.
El pensamiento es la posibilidad de alcanzar esas verdades valiéndose del lenguaje en todas sus formas, aunque en lo referente al aspecto metafísico de la Verdad (significante) nuestros sentidos tanto físicos como intelectuales carezcan precisamente de sensibilidad o receptividad metafísica y deba permanecer estanco en la ilusión de las apariencias dadas que radican en el ser en general como significados. Sin embargo, los conceptos ocurrentes, productos de esta misma inevitabilidad, generan cambios importantes en los modos de investigación científica y en sus explicaciones generales acerca de los fenómenos, obstarntemente, estas explicaciones quedan usualmente superadas en su capacidad y reducidas en consecuencia al absurdo, y lo observable o aquello que por su profundidad reviste de autenticidad objetiva a la hora de investigar, se torna fortuito en sus resultados finales. Esto sucede porque el entendimiento no está exento de la ley general de la Naturaleza, sino, condicionado por ésta a priori en la contextualidad de los fenómenos significados.
Se trata en última instancia, de la misma unidad del significante de la que no estamos antológicamente excluidos y dentro la cual nuestra apercepción de la realidad está cuantificada previamente en todos los objetos del conocimiento atento, de allí la existencia de la intuición, su función y razón de ser. En lo que concierne a lo cualitativo, no está demás aclarar que se trata meramente del proceso evolutivo del conocimiento, porque puede este abarcar muchas informaciones (informaciones incorrectas = estar idiotizado) pero éstas no ser evolutivas en cuanto a la calidad de su verosimilitud en pos de una franca aproximación con al significante.
El conocimiento va creando mediante significados un esquema de la Verdad pero atribuyéndole su rostro subjetivo a tal punto de creer identificarse en sus predicados con la Verdad. Así introduce las categorías del ser en el concepto o esquema de la Verdad, categorías que solo son productos de su acercamiento analítico desde el significado hasta el significante (Verdad)
El pensamiento con tanta naturalidad clasifica los reflejos del universo apariencial, que solo puede ser conducido en su evolución intelectiva a través de los símbolos proporcionados por las intuiciones emanadas desde la Verdad.
Por ejemplo, el alma, reflejo que no se manifiesta en el mundo apariencial externo sino en el interno, debe entonces, al ser concebida por el pensamiento, ser considerada por lógica como una sustancia cuya abstracción intrínseca del mundo deba ser verdadera y trascendental a los sentidos; siendo en realidad la creación de un falso sujeto al que me referí más arriba.
He aquí un poderoso esquema de la Verdad construido mediante el concepto – creencia del alma para impulsarnos a buscar más allá de nuestro ser aparente al verdadero.
Pero generalmente la discusión de sus fundamentos (como ser: la intemporalidad o eternidad, infinitud o inespacialidad, la inmaterialidad o la negación del ser (la nada), etc., del alma) caen con la propia fenomenología de otros pensamientos que naturalmente apuntan a incluso contrarias esencias como ser la nihilista.
El movimiento evolutivo del ser de este propio esquema de la Verdad, el concepto intelectual del alma, se ve forzado gramaticalmente en la discusión e investigación filosóficas y su existencia esquematizadota comienza a carecer en demostración siquiera hipotética. Debe simplemente ceder entonces a ulteriores ideas que tampoco poseerán, a posteriori, en su entidad ideal relación con las experiencias del mundo ni con la aguda atención de otros pensadores más evolucionados, sino con la sola presencia de su significado sin adquirir su eterno significante, en este caso, el alma en sí. ¿Por qué? Porque todo significado es susceptible a naturales mutaciones semánticas para ajustarse a la evolución de la propia contextualidad, de no ser así, el sistema: “todas las palabras significan a todas las palabras” caería en un vacío, en una inexpresión simbológica.
Volvamos al principio de esta cuestión: todo movimiento intelectivo forma parte del Saber presupuesto al movimiento. Es decir, los elementos del Saber, los intelectos, anticiparon una certidumbre a la cual dirigirse para conquistarla en su máximo grado de posesión la “identificación” de la Verdad con el Saber. Así la función inaugural del conocimiento de la realidad suprimió desde el principio el hallazgo de toda su concepción omnisciente de la Verdad, porque el “Saber” es el significante que por naturaleza lógica no merece ser significado por cosa alguna ya que el Saber o la Verdad conceptualiza nuestra libertad en constante dirección ontológica hacia la Naturaleza, por ende, la Naturaleza hacia la propia comprensión de sí misma.
La multiplicidad de la Naturaleza se compone por la división en partes de subunidades ontológicas (nosotros, las cosas) que muestran un cambio simultáneo de significados manteniéndose inmutable el significante, (algo semejante a la concepción aristotélica del primer motor). Cada ser está programado por su estructura y esta por la Verdad, atrayendo esta hacia sí a los seres cognoscentes. Lo intemporal del significante, su Verdad, gobierna sobre lo temporalmente significado, por esta misma razón es temporalmente significado. Esta es la causa de que intuyamos que el o los seres eternos gobiernen a los mortales, evidentemente este otro esquema de la Verdad funcionó hasta hace poco tiempo y ahora se encuentra desposeído de todo sustento teórico; ¿para qué va a necesitar un ser eterno a seres mortales?
Cada hecho es, por el sujeto cognoscente, compatibilizado con el pensamiento y presentado así en las diversas escrituras de abstracción, según el modo de interpretación y traducción de las percepciones de la realidad de los hechos, para pertenecerle al cognoscente colectivo, como propiedad intelectual de la humanidad, y lograr de esta manera la total simultaneidad de su formación cognitiva (que obra en constante evolución gracias a los reflejos que provoca esta diversidad de sujetos cognoscentes entre sí), contribuyendo manifiestamente con cualesquiera traducciones simbólicas de la percepción de la realidad. Muchas de estas estructuras cognoscitivas describen en último orden una relación entre lo real y lo ideal, pero sin llegar a un contacto absoluto formado con ambas una identidad debido a que dichas estructuras solo son algunos de los tantos miembros que despliega el sistema contextual en el cognoscente. Naturalmente esta imposibilidad es lo que mantiene separado al sujeto cognoscente del objeto conocido, si estos fueran idénticos entonces el ente ha acabado su búsqueda de la Verdad porque se ha hecho con ella.
El problema general del conocimiento estás forjado por suponer un fondo distinto entre el ser cognoscente y el ser conocimiento, o el ser “del” conocimiento. Somos el conocimiento, de lo contrario no podría yo siquiera hacer mención alguna de cualquier asunto y menos aun esta afirmación. Estoy además convencido al decir (parecerá obvio) que somos conocimiento en constante tendencia al crecimiento de sí, instinto propio de la Naturaleza, ¡atención! No es nuestro instinto, sino el de la Naturaleza, adviertan la sutil diferencia.
Como seres del conocimiento “de la” Naturaleza, vislumbramos en nosotros mismo el más allá de lo que somos, es decir, la capital del conocimiento, “el Saber la Verdad”. Todas nuestras intuiciones hacen referencia a la Verdad porque son aquellas denotadas por ésta en el intelecto. El lenguaje es una herramienta para dar forma a esas intuiciones, como un intento de darles un aspecto de realismo a través de concepciones simbolizadas. Esto ocurre porque la inteligencia de la vida necesita en cada uno de sus seres posibilitar la “importación” de un conocimiento intuitivo de la verdad para llegar a la Verdad. La propuesta de la Verdad indica este innegable fin (el encuentro significado – significante) y este es nuestro intuitivo criterio de verdad a seguir siempre en pos de esta indispensable propuesta.
La cuestión es que en cada paso las virtudes del conocimiento expresen en creciente notoriedad este fin, como señal de estar en un camino correcto que no evite los nuevos resultados cognoscitivos sino aquellos que no expresen el mismo fin.
Sirva como ejemplo mencionar que la filosofía obra según su significado, aunque en lo que respecta a su significante (la Verdad) no haya conseguido hasta el momento más que sus rudimentos.
El proceso filosófico está conformado por diversas corrientes que toman forma en un solo fenómeno procesal independientemente de toda oposición externa y más allá de la polaridad de su conciencia o de su concientización filosófica.
Por último.
La Verdad no es inmaterial porque como significante no esté constituido por materia alguna, sino porque la materialidad es solo apariencia suya y cumple el mero ejercicio del conocimiento en su camino hacia lo aparencial, es decir, nosotros. Siguiendo el mismo razonamiento, es indirecta también la valoración del conocimiento matemático con respecto a la Verdad, aunque es reconocido, claro está, que como ciencia es lo suficientemente verosímil (y sólo verosímil) como para confundirse demasiado con el significante (Verdad). Tal es así que le place al crítico sentido de nuestra razón la cuasiperfección que hallamos en las especies, relaciones y entes matemáticos. Esta vehemente sensación de razón resultaría sin embargo imposible sin su principal objeto, a saber, la propuesta emitida por la Verdad; porque por sí solas las cantidades serían apariencias abstractas del pensamiento puro, que de un momento a otro adoptarían precisiones y luego se desvanecerían en otras al no ser contextualizadas por el significante.
En la aparente externidad de la Verdad no existe movimiento sintético alguno ya que no participaría de la veracidad sino de lo meramente apariencial y esto último no forma síntesis porque la síntesis ya es de por sí la propia Verdad, nada más que la Verdad y toda la Verdad. Dicho de otra manera: En la aparente externidad de la Verdad no existe movimiento sintético alguno, nuestro mundo aparencial (aparecido y apareciendo) y aparente (virtual, fingido) busca establecerse en otro utópico, fundado en la acción felizmente soberana de nuestro conocimiento extasiado por la Verdad. Ese éxtasis es la sintetización de nuestro conocimiento final.
Aclaración:
Los conceptos: Naturaleza ( el Ente total), naturaleza (esencia de todas las cosas y seres), significante, Verdad, Saber. No poseen una jerarquía definida, ni distinción evidentísima. Utilizo estas varias expresiones para comunicar una misma cosa según fluctuaciones tanto semánticas como sintácticas.
Text by nabrolquiscem added on 02-07-2009. www.thestories.net
|