La Biblioteca Municipal de mi ciudad alberga los ejemplares más heterogéneos en todos los órdenes editados. Orgulloso estoy en suponer que, si Borges viviera y entrase al recinto, experimentaría sublime orgasmo encefálico al contemplar tamaño universo de libros.
Una mañana, bien temprano, decidí visitarla. Tenía deseos de leer algo extravagante e inútil, algún libro de ocultismo, por ejemplo, o los tratados teológicos de vaya a saber qué delirantes místicos, que al ser inaccesibles uno se ve incitado a regresarlo a su polvoriento anaquel y sustituir su mañoso histerismo por otro de cuentos, posiblemente una novela (no muy extensa) en cualquier forma de invención.
La bibliotecaria me observó con un dejo de subestimación en la expresión de sus ojos, o mi paranoia otra vez comenzaba a jugarme una mala pasada. De pronto recordé la píldora que me recetó inflexiblemente el psiquiatra. Pedí agua. Ella tardó en concedérmela alegando su título universitario y el cargo que ocupaba. Me disculpé, no pretendía faltarle el respeto, aunque su menuda falda me infundía intenciones nimiamente intelectuales. La muchacha ostentaba salud hasta por los poros, debo reconocerlo, cada átomo suyo estaba en su perfecto lugar y cumpliendo su perfecta función, el resultado, una Venus latina irresistible.
Trémulo empuñé el vaso con agua y sorbí empujando la gragea hacia mi estómago vacío, éste gorgoreó impaciente.
- ¿Sirven desayuno?
Nunca aprecié un cúmulo tal de aborrecimiento como aquel que advertí patentemente en sus ojos. La mujer indignada me ilustró algunos gestos que no recomiendo graficar, sino dejarlo a la ciega mímica del silencio, como favor al recato y sobriedad de quien les escribe.
- Mire, cruzando la calle, (descuídese del semáforo está siempre en verde, no funciona), hay un bodegón de su estilo. Allí sirven desayunos. Cuando resuelva tocar un libro sabrá que de este lado de la calle hay una biblioteca a su disposición.
Giró ciento ochenta grados atendiendo los archivos. Obviamente me había extralimitado en el pedido y ella no hizo otra cosa que ignorarme. De modo que traté de ubicarme:
- Perdón. ¿La computadora donde guarda los registros de libros y usuarios, se ha averiado?
No recibí respuesta. La interrogada preservó su indiferencia hasta que me vi obligado a insistir sin medir las consecuencias:
- Porque necesitaría que usted, si es tan amable, me facilite el listado de…
- ¡Dígame! ¿Qué libro necesita?
Balbuceé unas palabras, recobré mi varonil compostura y arremetí:
- Ehm, mmm, eh.
- ¿Puede ver aquel cartelillo que cuelga en aquella entrada? ¡¿Eh?!
Esta vez se expresó con amabilidad, la había puesto en su sitio y pudo notar la hombría subsanar mi condición de usuario. No emití palabra, simplemente asentí con la cabeza. Creo que con eso su mirada se dulcificó, como si viera a un niño confundido en la soledad de una cerrada noche, sin su madre, codiciando leer un cuento de terror para necesitarla indispensablemente.
Bajé la cabeza y caminé directo al cartel, miré para un lado y otro. Estantes y más estantes, un laberinto con indicaciones varias parecían atesorar lo que tanto esperaba. Recorrí hurgando con los ojos esos misteriosos prismas anaquelados en cuyos lomos advertía mi incomprensión: Necromecánica cuantica, Semiótica cuneiforme, Abstracción en el ámbito de la demencia (prologado por los mismos pacientes del hospital psiquiátrico), Corte y confección (de Chichita Meremburg), Geometría del Cama Sutra, Póstumas zonas erógenas y toda suerte demencial de desencuentros con la Verdad. Por entre tantos vulgares conocimientos hallé al fin un libro cuyo extravagante contenido podría satisfacerme.
Estiré el brazo y lo tomé. En su cara estaba impreso el título: “Aprenda telepatía mientras lee”. Es preciso aclarar que, para un agnóstico como yo, el título prometía demasiado, tanto como para devolverlo a su sitio, sin embargo, algo transmitía y no tardé en darme cuenta de ello. Perdido en ese intrincado laberinto de escaparates afiné el instinto de orientación y comencé a prestar atención a los “cartelillos itinerarios”. Estos me condujeron hacia la sala de lectura. Nueve comensales devoraban sus libros bajo sendos conos de luz en pletórico albor cognitivo. El mutismo ceremonial era contracturante. Posé mis glúteos sobre una vieja butaca de roble, esta rechinó su escrupuloso maderamen y todos alzaron sus cabezas observándome desdeñosamente. Como no había desayunado pronto recurrí a mis provisiones, una bolsa de caramelos multifrutales (de mi preferencia: sabor a uvas griegas), en cuanto la situé sobre el pupitre de inmediato recordé los beligerantes atisbos que me habían dedicado la cálida bienvenida y no me aventuré a degustar una sola golosina. Procedí a concentrarme en el libro. Cuatrocientas páginas de puras idioteces. Como pude amontoné interés y abordé la lectura. Decía:
Primero debe entender que pase lo que pase tanto el autor como la editorial no se harán cargo de los inconvenientes ocasionados. Ante cualquier grave dificultad abandone la lectura y apártese de la obra.
La malhumorada advertencia estuvo a punto de hacerme cambiar de parecer. Adelanté unas treinta páginas prescindiendo de agradecimientos, prólogos, dedicatorias, máximas introductorias e índice. Mientras ensalivaba mi pulgar con el objeto de facilitar el recorrido de dichas páginas inaugurales, pensaba acerca del mal uso que se les da a los árboles derribados y reducidos a pasta de papel que luego se destinarían a obras de esta deplorable calaña. Me lamenté sobremanera por esos condenados especimenes (la ecología está en su apogeo apocalíptico) concluí.
La reaparición “Aprenda telepatía mientras lee”, título absurdo por cierto, hizo que mi atención regresara a la lectura (otra forma de divagación) y olvidara por un instante a mis cofrades leyentes.
No asumo vergüenza en reproducir textualmente algunos pasajes del manual, después de todo, cada uno juzgará a su modo si tuvo o no algún importe mi pertinaz curiosidad, a lo sumo arrojará sobre mi ridículo comportamiento una sentencia inclemente de la que estaré agradecido por su tino enquiciador.
El autor, con aire resueltamente solemne, prescribía ya sin digresiones introductorias:
Despiértese temprano y manténgase en ayuno para que todo su estado conciente trabaje en comunión con la lectura. Si está en un lugar acompañado por otros individuos prestará favor a la experiencia y pronto notará los resultados.
Proceda de la siguiente manera:
Ponga toda su atención a cada una de estas palabras. Recuerde que abordarán a su mente ciertas vibraciones que jamás experimentó en su vida. Ahora está escuchando interferencias de toda clase: voces, susurros, imágenes, sensaciones extraempíricas, ideas, señales televisivas, algún partidito de football por radio, etc. No tema, continúe serenamente en estado de alerta.
¿En qué está pensando en este preciso instante?
- En esta pregunta y en cómo responderla y…
- ¡Silencio por favor!
- ¡¿&*%ªÇ*^¨&$•%?!
- ¡Shshshshshshshshshshshshshshshshsh………..
- Pero, ¿Quién es el desubicado?
- ¡La put…
De pronto uno de los lectores (en apariencia, el más avezado), un anciano de cabellos y barba luengoníveos se aproxima sigilosamente. Apoya ambas palmas de sus manos sobre mi mesa, con una piadosa expresión en su rostro y en tono confidente insinúa:
- Caballero… por lo visto usted ha equivocado la elección, ese libro que tiene en lúcida asimilación fue destinado para incautos lectores, sujetos que necesitan imperiosamente comunicarse pero que por un motivo u otro se ven impedidos: convictos, incapacitados mentales, sordomudos, náufragos, fetichistas y demás infortunados. Pero si su decisión es indeclinable, a la sazón le suplico queridísimo señor que tome en serio esto que voy a decirle: La última persona que osó leer ese libro en este momento está frente a sus lánguidos ojos. Sépalo Ud. También la curiosidad ha descarriado a este viejo zorro… Al principio supuse que se trataba de una broma, hasta que un hombre, un fuerte y joven lector, viendo que yo no desistía en mi postura, agitó repetidamente su puño contra mi cara. Eso explica mi nariz torcida, mi párpado ligeramente desplomado y mi labio inferior exento de simetría. Esto otro explica también por qué dejo que crezcan mis cabellos y barba. Si no quiere verse sumido en estética semejante, le ruego busque otra cosa para leer; de lo contrario me sentiré defraudado de mi capacidad de persuasión. Por cierto… ¿Ha leído la advertencia del manual?
- Si, dice que… bueno sugiere en unas de sus…
- No hace falta, lo recuerdo vívidamente. Solo quería asegurarme de su conocimiento al respecto.
El anciano puso sus trémulas manos a mi bolsa de golosinas y sustrajo un caramelo con sabor a limón, giró sobre sus pies y regresó a su lugar. Antes de bajar su mirada al libro, me dedicó la última y silenciosa advertencia guiñándome un ojo, cosa que no supe descifrar con claridad debido a las huellas que el pasado había impreso en su rostro.
Para confirmar lo que había escuchado acudí a la siempre generosa bibliotecaria.
- Perdone que nuevamente me aventure a perturbarla en su honorable tarea. Como verá, lejos están de mis designios tal propósito. Acontece que me urge saber de buena tinta el registro de esta obra. Usted comprenderá… antojos de un admirador. Necesitaría saber también si tiene el registro de aquel anciano que está sentado junto al estante de la derecha (curioso ejemplar si me permite la expresión). He escuchado por ahí el rumor que se trataría, ni más ni menos, de un renombrado poeta, pero no me atrevo a preguntárselo personalmente.
Esta vez ella parecía más animada a complacer mis pedidos. Por alguna extraña razón, quizás una dificultad anatómica, su entrecejo continuaba fruncido y echándome el humo del cigarrillo en la cara se prestó a informar sobre el asunto. Mis ojos irritados y lagrimosos desdibujaron mi visión de su ceñuda fisonomía, en aquel instante creí notar en ella una huella de rictus, de deleite, de vocación por su trabajo. No tardó en responder, sin sacarse el cigarrillo de la boca:
- Ese viejo trastornado fue quien escribió esta grandísima porquería. Todos los días escapa del geriátrico y viene a parar aquí. (Es la mascota del lugar). Hasta que los enfermeros lo regresan a empujones a su habitación. Es un presumido charlatán. Sus familiares no lo soportaron y lo tiraron a la calle. Más tarde su editor se compadeció y le dio asilo en el geriátrico, pagó una considerable suma de dinero y dejó instrucciones a los enfermeros prohibiéndoles brindarle cualquier elemento de escritura al viejo. No pierda tiempo en leer este desquicio, no vale el papel en el que está escrito. Vaya, vaya, elija otro, entreténgase y no me haga perder más el tiempo por favor.
- Pero…
- Ya se lo advertí, haga lo que le plazca.
Dicho esto volvió a curtir la epidermis de mi rostro anonadado con la amarga exhalación del acerbo cigarrillo. Para evadir el sofoco regresé a mi mesa de lectura. El viejo había vigilado con celo todos mis movimientos y cuando me dispuse a retomar la lectura él entrelazó sus manos en indudable señal suplicante apoyándola sobre su frente y cerrando los ojos parecía mascullar una plegaria. Mi hipótesis acerca de la senilidad había prejuzgado sus actos. Bajé la cabeza y leí:
- ¡Por favor! Te ruego que no insistas en leerme, no sabes qué…
- ¡shshshshshshsh! ¡Basta!
- ¡Otra vez! ¿Será posible? Este tipo no tiene respeto por nadie.
Los escarnios y comentarios recriminatorios no cesaron por varios minutos. El viejo se incorporó y presurosamente vino hacia mí.
- Escúcheme. ¿Qué le hace pensar que las personas desean comunicarse? No, no y ¡no!. A las personas no les interesan los demás, mucho menos les conciernen un tipo como usted o como yo, no les importamos para nada. Por eso nos comunicamos a través de libros, teléfonos, Internet, y toda clase de insociabilidad, porque no soportamos la presencia del otro, menos aun si el emisor está inmiscuyéndose en su mente, fraternizando con su espíritu como seres pertenecientes a un origen más que común, inherente. Al mundo no le atañe actividades telepáticas ningunas (ya lo he comprobado), la comunicación cerebro a cerebro ¡nnoooo! Preferimos las viles simulaciones del diálogo indirecto, malicioso, inaccesible en su esencia subliminal y perniciosa. La unanimidad de la conciencia jamás será una realidad. ¿Sabe por qué caballero? Porque todos necesitamos al “espectador”. Somos histéricos que queremos llamar la atención de los demás. Egocéntricos incapaces de fundir en un solo ser al actor y al espectador para que juntos resuelvan el enigma de la existencia. ¿Está usted enterado del enigma de la existencia?
El viejo convulsionó y derrumbándose contra el duro mármol del piso, no dejó de mirarme directo a los ojos. Por último soltó líquidos y sólidos mientras un vestigio de vida en sus ojos apagándose transmitieron a los míos:
- Usted ha olvidado una cosa desde que despertó. Es un enigma de la existencia por qué en esta maldita biblioteca no sirven desayunos.
|